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El lugar es objeto de un proceso inversionista liderado por la Oficina del Historiador de la Ciudad, con el fin de rescatar sus valores estéticos y patrimoniales para situarlos al servicio de la educación ambiental de la comunidad.
El doctor Fernando Borrego, subdirector para las actividades socioculturales de esta institución, accedió a comentar, en exclusiva para el sitio web de Habana Radio, acerca de la historia de esta porción del territorio capitalino y en torno a los planes y sueños que acompañan a los hacedores del milagro de la restauración. “¿Por qué se llama Quinta de los Molinos? Debemos remontarnos a 1797, cuando se ordena construir en estos terrenos un molino de tabaco cuyo nombre sería San Francisco de Asís. Tres años después, en el año 1800, el molino quedó inaugurado. Su objetivo era producir tabaco en polvo, o rapé, muy en boga en la Europa de la época. El molino era propiedad de la Real Compañía de Tabaco, perteneciente a la corona española. Por ello, el lugar comenzó a conocerse como Molinos del Rey. Así se mantuvo hasta alrededor de 1836, cuando dejó de funcionar en este sitio. A partir de entonces, el área comenzó a ser transformada para convertirse, en poco tiempo, en la Casa de descanso de los Capitanes Generales que gobernaban la Isla. Con el tiempo, se fueron borrando los nombres originales para comenzar a llamarse, sencillamente, Quinta de los Molinos”. Los historiadores refieren que, antes de 1850, el área de La Habana de extramuros donde existió el molino de tabaco era conocida como Jardín de Tacón, según consta en un plano confeccionado en 1843, así como en una placa de mármol incrustada en la pared de una antigua edificación de este sitio. “En la zona existían algunas fincas o haciendas; y ésta en particular perteneció a una dama que vendió el terreno a la Factoría de Tabaco para que estableciera allí el molino. Un aspecto interesante es que esta maquinaria - dos grandes ruedas dentadas - funcionaba con agua obtenida de la antigua Zanja Real, utilizada para transportar el líquido desde los manantiales de Puentes Grandes hasta la porción amurallada de la ciudad”. Sus primeros pobladores fueron los jornaleros que trabajaban en la construcción del Castillo del Príncipe, llamado así en honor al entonces príncipe Carlos IV de España, a quienes se añadían aproximadamente mil militares encargados de la defensa y custodia de dicha fortaleza. “Otro elemento interesante es que en 1892 - cuando se produjo el proceso de los estudiantes de Medicina – 8 de ellos fueron fusilados, pero las autoridades coloniales habían apresado a 50 jóvenes – éstos fueron recluidos en la Quinta de los Molinos y condenados a realizar trabajos forzados. Fermín Valdés Domínguez, entrañable amigo de José Martí, dedicó todos sus esfuerzos a demostrar fehacientemente que las autoridades colonialistas habían cometido una colosal injusticia”. Tras desaparecer los Molinos del Rey, fue establecido en este lugar el Jardín Botánico de La Habana, que compartiría espacio con la Casa de descanso de los Capitanes Generales de la Isla.
 El Jardín Botánico fue trasladado hacia este sitio desde el área que actualmente comprende el Parque de la Fraternidad Americana y el sur del Capitolio Nacional; lugar de la ciudad donde había sido fundado en 1817. Ya en la Quinta de los Molinos, el Botánico acogió las investigaciones sobre plantas y animales que realizara el ilustre científico Felipe Poey Aloy. También Álvaro Reinoso emprendió allí numerosos experimentos sobre el cultivo de la caña de azúcar. En 1906, sus áreas quedaron registradas como sitio de referencia en el Sistema Mundial de Jardines Botánicos. En este lugar, además, fue proclamada la mariposa Flor Nacional de Cuba, en 1936. “De aquella época, de acuerdo a los registros, sólo subsiste un árbol, afortunadamente endémico: un ácana, que tiene alrededor de 200 años y está situado junto a la cerca que apreciamos frente a la Calzada de Carlos III. Es considerado, por tanto, el árbol fundacional de la Quinta de los Molinos. En cuanto a la cerca, se dice que es la perimetral de nuestro primer Jardín Botánico, la cual hoy cubre todo el frente de la quinta.
Otro elemento histórico relevante lo constituye el hecho de que en 1899, cuando hizo su entrada a La Habana el Generalísimo Máximo Gómez, el alcalde de la ciudad – Perfecto Lacoste – determinó que la Quinta de los Molinos fuera el lugar donde el insigne dominicano acampara y estableciera su cuartel general. Ello influyó decisivamente en la decisión posterior de fundar, en la antigua casa de descanso, el Museo Máximo Gómez. Sin dudas, tiene un alto valor simbólico la circunstancia de que esta casa, concebida para el descanso y la recreación de los máximos representantes del poder colonial, estuviera destinada a uno de los principales jefes de las gestas independentistas de Cuba”. Diversas fuentes citan a la Quinta de los Molinos como la última residencia de Máximo Gómez antes de su fallecimiento, ocurrido el 17 de junio de 1905. “Es conocido también que algunos de los asaltantes al Cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953, utilizaron áreas de la quinta para su entrenamiento militar. Evidentemente, este emblemático espacio de La Habana ha jugado un notable rol en diferentes etapas históricas de la Nación Cubana. Todos estos acontecimientos explican la proclamación de la Quinta de los Molinos, el 31 de diciembre de 1981, como Monumento Nacional.” En un próximo artículo, les ofreceremos detalles en torno a la obra emprendida por la Oficina del Historiador de la Ciudad en la Quinta de los Molinos; paradisíaco espacio que – cuando concluya el actual proceso de restauración - contribuirá a enriquecer la cultura ambiental de los pobladores de La Habana y de todas aquellas personas que decidan visitarlo.
Renacer de un paraíso: La Quinta de los Molinos. Parte II |