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La otrora villa de San Cristóbal de La Habana

La ciudad recupera su ayer a partir de los más disímiles testimonios. Entre ellos, por supuesto, ocupan un lugar privilegiado esas crónicas aparecidas en las páginas de las publicaciones periódicas de la Isla.

Si volvemos la vista al ayer no muy remoto, a los comienzos del siglo XIX, hallaremos que nuestra Isla era una colonia perdida entre la ignorancia y la rutina, en la que sólo la ciudad de La Habana ofrecía cierto aspecto de población semicivilizada; aun en ésta, la mayoría de sus casas eran de embarrado o tablas y guano, y muy pocas de mampostería y tejas; el mobiliario compuesto de rústicos taburetes y mesas, catres de viento o tijera, baúl sobre banquillo, y, como único adorno, un pequeño espejo con sencillísimo marco; los útiles de cocina reducidos a un fogón compuesto de una caja llena de tierra sobre estacas y cuyas hornillas estaban formadas por tres piedras, alimentada con leña, y en el campo, el fogón únicamente consistía en tres piedras colocadas en el suelo; las mujeres para conocer las modas tenían que esperar no la llegada de los figurines que no existían, sino el arribo a nuestra capital o ciudades más importantes, de los galeones, por si en ellos viajaba alguna elegante esposa del nuevo funcionario civil o militar; se almorzaba a las ocho de la mañana, se visitaba a las 11, se comía a la una, se siestaba hasta las cinco, y de cinco a siete daban vueltas alrededor de la Plaza de Armas y otro paseo elegante; la agricultura estaba en pañales; no había carreteras y mucho menos ferrocarriles ni se conocía otros medios de locomoción por caminos reales y vecinales que el lomo de caballo o mulo o el quitrín; ni siquiera La Habana poseía pavimento en sus calles; los baños eran de bateas o palangana y los servicios sanitarios se hallaban limitados a un pestilente pozo negro; las basuras y desperdicios de todas clases se estancaban en las calles esperando que la lluvia las fuese destruyendo o arrastrando...
Y, sin embargo, esta sociedad criolla tan primitiva y mísera... ¡se divertía!, constituyendo el juego y el baile las principales diversiones que acaparaban buen número de horas cada día y no menor número de días cada año. Con cualquier pretexto se formaba una timba o un bailecito, o una timba con baile, o un baile con timba, y para bailar y jugar se escogían lo mismo 195 fechas religiosas que los acontecimientos familiares, locales o insulares; un santo, que un bautizo, una boda, que un velorio.

 

Tomado de Habana Radio

 
 



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