|
Las aguas bautismales humedecen el rostro del niño; termina el sacramento. Un cristiano más, piensan todos, rutinariamente, sin darse cuenta de nunca haber estado menos errado semejante pensamiento.
Por una estrecha callejuela pedregosa de la siempre fidelísima ciudad de La Habana, se encamina, cuesta arriba, un grupo de cinco personas. Dos son mujeres, y la más joven, de enérgico semblante y robusto empaque, con la típica lozanía de las hijas de las Islas Canarias, lleva en los brazos fuertes un niño de pocos días. De los tres hombres, sólo uno viste sencillo traje de paisano; los otros dos son militares. Pertenecen al ejército español, a las fuerzas que la vieja metrópoli mantiene y aumenta en una de sus colonias más feraces, en la tierra que maravillara a su descubridor Cristóbal Colón.
Son soldados de una España ya hondamente preocupada por la creciente agitación en la antes sumisa Cuba, por las frecuentes tentativas para librarse del yugo opresor de cuatro siglos de la madre patria. Porque, ya sea el movimiento anexionista –inclinado a incorporar la isla al cercano vecino sajón, a los Estados Unidos de Norteamérica–, o el separatista –de independencia absoluta–, en su esencia, ambos encierran un anhelo, si bien todavía confuso, pero en el fondo enraizado en el país: el de la emancipación de la Península dominadora.
Y de poco le sirve a España que sus Capitanes Generales ahoguen en sangre todo brote libertador, porque la conservación de la codiciada isla, de la tan llevada y traída integridad nacional hispana –siempre invocada por los miopes o reaccionarios en las Cortes madrileñas, cuando se intenta darle a Cuba alguna mejora política– está cimentada sobre amargas tristezas, sobre la persecución constante de sospechosos de infidencia. En el negro cadalso florece por encima de la muerte, para ejemplo de generaciones venideras, la semilla de los primeros mártires por la independencia cubana: Joaquín de Agüero, fusilado en Camagüey; Isidro Armenteros, ejecutado en Trinidad; Eduardo Facciolo, en La Habana, y muchos otros, incluyendo al general venezolano Narciso López, agarrotado en el campo de La Punta, después de su infortunada expedición desde Nueva Orleáns.
Quizás en aquel sábado, 12 de febrero de 1853, la calma política pareciese asegurada, pero ya en el subsuelo bulle y se mueve, con nueva y mayor intensidad, la idea libertadora que estallará dos años más tarde, costándole la vida, también en La Habana, al catalán liberal Ramón Pintó.
¿Quién sabe si aquellos dos militares de erguido caminar, pensaran en esos momentos en el porvenir del país donde se encontraban? Al menos, ninguno de los dos sospechaba, levemente siquiera, el papel deparado a cada cual por el Destino.
Tocábale al mayor, en holgado traje de capellán del Real Cuerpo de Artillería –destacado en la mohosa fortaleza de La Cabaña, levantada sobre la falda de la loma, al otro lado de la bahía–, al presbítero Tomás Sala, administrar las aguas bautismales al primogénito del enjuto valenciano a su lado.
¡Y ha de resultar este, primer sargento en el mismo regimiento, nada menos que el padre de la figura máxima de la lucha emancipadora de Cuba, del apóstol de las libertades del suelo donde naciera humildemente, en La Habana, el 28 de enero de 1853!
Mas Mariano Martí y Navarro sólo sigue atento, pleno de esa mezcla de asombro y orgullo que da siempre el primer hijo, con los ojos menos vivos que los de su esposa Leonor Pérez y Cabrera, la ascensión hacia el templo, donde el pequeñuelo, en el indispensable rito inicial para todo buen súbdito del rey –obediente a la tradición y a la ley–, ha de ingresar en la comunidad de la Santa Iglesia Católica, para serle luego –eso piensa sin duda el sargento de artillería de la cuarta Batería– fiel a la bandera gualda y roja, a cuyo servicio está el antiguo mozo de cuerdas hace más de tres años, desde los treinta y cuatro, y últimamente en Ultramar.
Llegan, por fin, a la iglesia del Santo Ángel Custodio, en lo alto de las calles de Cuarteles y Compostela. Traspasan el sombrío umbral donde, en la novela inolvidable del cubanísimo Cirilo Villaverde, cayera apuñalado por un vengativo rival, en el día de sus bodas con otra, el burlador de la infeliz mulata Cecilia Valdés. Se dirigen a la sacristía.
Ante la pila, mientras la madrina doña Marcelina Aguirre adereza al recién nacido, y el capellán se dispone a iniciar la ceremonia, el sargento, pasándose la mano por el grueso bigote negro, le señala en breves palabras al padrino don José María Vázquez su aprecio y afecto por el presbítero que, el año anterior, le uniera en la iglesia parroquial del barrio de Monserrate con la joven hija del teniente retirado de artillería Antonio Pérez.
Cae el sol por la ventana emplomada, cierra los ojillos almendrados del neófito y esparce luz sobre la pequeña frente, ya singularmente alta y despejada.
–José Julián –repiten monótonos los labios del capellán, en medio del silencio–, José Julián...
Las aguas bautismales humedecen el rostro del niño; termina el sacramento. Un cristiano más, piensan todos, rutinariamente, sin darse cuenta de nunca haber estado menos errado semejante pensamiento.
Sólo que entre el concepto formado de la palabra por los presentes y el hondo sentido que le dará en su vida el bautizado, existirá una diferencia tan profunda que, de imaginárselo siquiera sus padres y sus presuntos mentores espirituales, hubiesen alzado las manos con espanto ante lo que en sus mentes sencillas, mantenidas en la oscuridad por un clero interesado en conservarlos en explotable ignorancia, les parecería como una tremenda herejía.
Porque para José Julián Martí y Pérez, cuya única religión será «la inconformidad con la existencia actual y la necesidad, hallada en nosotros mismos, de algo que realice lo que concebimos», ser cristiano nunca significará plegarse a los ritos huecos del catolicismo, a la ambición de una Iglesia corrompida que él tiene por verdugo del verdadero cristianismo; ser cristiano es ser rebelde a todo lo que representa injusticia en el mundo.
Y, en efecto, él es y será cristiano; cristiano, como explicará en una cartilla escrita en plena madurez, dedicada al hombre del campo, a quien le habla con todo su corazón:
Cristiano quiere decir semejante a Cristo. [...].
...un hombre sumamente pobre, que quería que los hombres se quisiesen entre sí, que el que tuviera ayudara al que no tuviera, que los hijos respetasen a los padres, siempre que los padres cuidasen a los hijos; que cada uno trabajase, porque nadie tiene derecho a lo que no trabaja; que se hiciese bien a todo el mundo y que no se quisiera mal a nadie.
Cristo estaba lleno de amor para los hombres. Y como él venía a decir a los esclavos que no debían ser más que esclavos de Dios, y como los pueblos le tomaron un gran cariño, y por donde iba diciendo estas cosas, se iban tras él, los déspotas que gobernaban entonces le tuvieron miedo y lo hicieron morir en una cruz.–
De poder hablar, como lo hizo en la cariñosa censura al campesino, en su cartilla, le hubiese dicho a sus padres: «¿por qué confías a manos extrañas la cabeza de tu hijo? ¿Por qué no le echas el agua tú mismo?», ya que para él: «El hombre que vale más no es el que sabe más latín, ni el que tiene una coronilla en la cabeza. Porque si un ladrón se hace coronilla, vale siempre menos que un hombre honrado que no se la haga. El que vale más es el más honrado, luego la coronilla no da valor ninguno.»
Pero ha concluido el rito; queda firmada el acta. Cumplida la tradición, el padre vuelve a sus deberes militares; y la madre, al pie de la modesta cuna donde el niño soñoliento de tanto ajetreo dormirá plácidamente, sin signo alguno de lo que habrá de ser: un eterno rebelde...
Yugo y estrella
Desde su infancia, Pepe –así lo llamaban sus padres– ha de saber, como él transcribiera más tarde a sus apuntes, toda la certeza de la frase de Carlota Corday: «Una imaginación viva y un corazón sensible prometen una vida borrascosa a quienes están dotados de semejantes prendas.»
Para otros, el albor de la existencia es juego y despreocupación; él, balbuceante aún, abre los pardos ojos meditabundos sobre las injusticias y fealdades del mundo. Y experimenta, ante todo, un innato impulso avasallador, un hondo culto a la libertad, que le hace sentirse «como un delincuente cada vez que no podía poner remedio a una desdicha», sufriéranla un semejante o un ser irracional, por pertenecer todos al gran concierto de la Naturaleza, atrayéndolo ya en toda su inmensa y misteriosa majestad. Así, cuando sus pocos camaradas de breve solaz, sin fijarse en lo que a su alrededor sucede, entregados a bromas y travesuras propias de su edad, cazan un grillo y lo aprisionan de una pata con un hilo, Martí recibe su primer dolor e intenso pesar.
Y, acercándose al compañero, quien muestra ufano el infeliz insecto, le pide lo liberte y obtiene una tijera de la hacendosa doña Leonor. Respira satisfecho cuando el grillo, privado del amarre, se pierde por la hierba.
Naturalmente, actos como estos lo separan de otros niños, incapaces de comprenderlo: lo llevan a encerrarse más en «los espectáculos que veía en sí mismo», en «los dolores y sorpresas de su espíritu», dándole un aire de poco común retraimiento, interpretado por sus propios padres como timidez.
Cuando, en realidad, si él mismo anotara: «siempre, desde niño, fui encogido y brusco para decir las cosas de mi corazón», a ello contribuye de manera decisiva el constante desasosiego y la penuria en el hogar donde los reveses del padre se traducen en rudeza, reflejada también en la madre por una manifiesta displicencia.
Porque ya cuarentón, cansado del trajín de la vida soldadesca –«seis años seis meses y diez días de efectivo servicio en la honrosa carrera de las armas de S. M.»–, don Mariano Martí pide su licencia absoluta, y le es concedida, por Real Orden del 22 de diciembre de 1855, como subteniente graduado, sargento primero, brigada del Regimiento de Artillería.
No tarda, sin embargo, el militar licenciado en aspirar, a mediados del año siguiente, a un puesto de Aventajado en el Cuerpo de Carabineros, pero sin éxito por no existir entonces vacante alguna. Obtiene, en cambio, un cargo en la administración pública colonial al solicitar un destino de policía y serle concedido, en 18 de diciembre de 1856. Previo el informe favorable de que «goza de buena conducta, bastante robustez y no consta nada que le perjudique», es nombrado Celador del barrio del Templete.
Un año escaso ocupa el cargo; ya los primeros achaques de una vida de rudo trabajo y no pocas privaciones, se hacen sentir en su organismo, le obligan a abandonar el trópico y regresar a la Península, en busca de curación.
Aceptada su renuncia el 19 de mayo de 1857, parte con los suyos para España, donde no debieron de serle del todo favorables los vientos, pues, en vez de permanecer en Valencia, ya en junio de 1859 está de nuevo en Cuba, nombrándosele, el 11 de julio, Celador del barrio comercial de Santa Clara. De poco agrado debió de resultarle este cargo al ex sargento. Evidentemente, los años y «la salud quebrantada al extremo de impedirle la respiración», le hacen procurar un puesto menos fatigoso y peligroso que el de estar entre marineros a veces díscolos, y rebeldes a respetar la autoridad embastonada; solicita, en febrero de 1860, una Capitanía de Partido. Pero la mala suerte acompaña a don Mariano. En agosto del propio año, un vulgar hurto de una canasta con botellas de champaña y su reventa por un negro, le traen una amonestación de sus jefes, al no proceder a la formación del sumario y no recoger el cuerpo del delito. Se le apercibe «no vuelva a entrar en digresiones» con sus superiores, máxime cuando «su terquedad» –le dicen– ha redundado «en perjuicio de la buena administración de justicia».
Luego omite, en septiembre, tomar la correspondiente declaración a un cochero envenenado, señalando el Jefe Superior de Policía en su informe al Gobernador Político, posiblemente a modo de atenuante, que el celador ha demostrado en esta, como en otras ocasiones, «su limitada capacidad y poca aptitud».
Lo que a juicio de sus superiores queda probado cuando el 27 de septiembre, al subir por la calle de Aguiar en su carruaje doña Adelaida Villalonga y llegar a la de Teniente Rey, le obstruye el paso un carretón. Entablarse entre el calesero y el carretonero una violenta discusión; presentarse don Mariano y darle al carretonero la razón, dirigirse con malos modos al calesero y entrarle a bastonazos al caballo del carruaje fue todo uno, rezó el informe. Aunque el celador, en sus descargos, sin negar la certeza de los hechos, se muestra inconforme con la afirmación de haberle pegado al animal. Pero el 16 de octubre es cesanteado; ha obrado, según la influyente doña Adelaida, «de una manera que armoniza muy poco con el carácter y la hidalguía española».
Como nunca, es angustiosa la situación de aquel hogar, donde todo respira rancio aire colonial. En vano extrema doña Leonor sus habilidades de cocinera para apaciguar al esposo contrariado, recomendándole calma. El mismo aumento de familia –en total han de nacerles cinco hijas: Leonor, conocida por La Chata, para diferenciarla de la madre; Amelia, Carmen, Antonia y Ana–, si bien ofrece una nota de color en el ambiente gris, impone mayores trabajos y sacrificios a la esposa isleña, a la par que acrecienta la zozobra del compañero taciturno.
Mientras que el primogénito, con sus flacuchos siete años, sorbe con melancolía el triste cuadro, quedándole tan hondamente impreso que, años más tarde, al componer el «Hierro» de sus Versos libres, su pluma confiesa involuntariamente lo que luego tachará noblemente:
Era yo niño Y con filial amor miraba al cielo: ¡Cuán pobre a mi avaricia el descuidado Cariño del hogar! ¡Cuán tristemente Bañado el rostro ansioso en llanto largo Con mis ávidos ojos perseguía La madre austera, el padre pensativo Sin que jamás los labios ardorosos Del corazón voraz la sed saciasen.
Retraído, huraño casi, ante la poca atención que le dan los padres, y el ambiente de constante inquietud, desaliento y disgusto de los mismos, Martí se encierra en su mundo interior, en sus dos primeras obsesiones, que han de durarle toda la vida: la lectura y la poesía.
Carece, desde luego, de recursos para obtener libros: pero de algún modo se las arregla para que se los presten amigos menos menesterosos y de padres menos incultos. De día, va a la pequeña escuela de barrio, donde sus maestros suplen no pocas veces su falta de pedagogía con fuertes tirones de orejas o algún que otro palmetazo. Ansía la caída multicolor del sol para entregarse de noche, ya solo en su cuarto, a la lectura o a la rima. Vive así los episodios emocionantes de Los tres mosqueteros, de Dumas –considerada por él, más que novela, poema–; lee una vieja edición del Quijote, saborea los sonetos de fray Luis de León. Y si lee a hurtadillas, con mayor sigilo aún tiene que rimar y mantener ocultos sus primeros versos juveniles. Porque, como él dijera años después, al señalar el estímulo paterno que tuvo Heredia para su precoz talento poético: «Otros han tenido que componer sus primeros versos entre azotes y burlas, a la luz del cocuyo inquieto y de la luna cómplice!...»
Hay momentos, sin embargo, en que el padre, en el fondo pacífico y un tanto amargado por su poca fortuna en la vida, siente interés y amor paternal por el hijo; y mandándole a vestir traje dominguero, lo lleva con él, a veces en diligencias de empleo, ora en sus visitas frecuentes a La Cabaña donde de antaño estaba destacado, ora en busca de algún documento para una nueva instancia o para renovar sus viejas amistades que puedan ayudarlo o recomendarlo.
Pepe sigue atentamente cuanto ve, y al querer darle a cada cosa su debido sentido, su mente precoz y su espíritu inquieto vibran ante la más leve injusticia, ante todo lo que rebaja el decoro, la verdadera condición del hombre. Observa con aguda pupila cómo los soldados nunca sonríen y cómo tiemblan a la llamada de sus jefes. Se compadece de las cansadas acémilas, maltratadas por no subir aprisa las laderas de La Cabaña.
De vuelta al hogar, le pregunta a doña Leonor por qué no lo tratan como a aquellos soldados. Al responderle que es por ser él libre y ellos subordinados del rey, nace en su mente y en su corazón su postulado inflexible de libertad, se convierte definitivamente en un revolucionario y siente que en el mundo: «Vale más un rebelde que un manso. Un río vale más que un lago muerto.»
Porque la base fundamental de toda su existencia, desde ese instante hasta su muerte, será precisamente la conciencia plena de todo acto, ya que para él: «El primer deber de un hombre es pensar por sí mismo.»
Su trayectoria será sólo una y su decisión de inalterable ruta. Este es su sino, desde que naciera «sin sol», como se autorretrata en el «Homagno generoso» de «Yugo y estrella» de sus Versos libres. Desde ahora, plenamente consciente, como en ese mismo fragmento poético tan autobiográfico, cuando la madre ofrece simbólicamente las insignias de la vida, él escogerá el yugo:
...de manera Que puesto en él de pie, luzca en mi frente Mejor la estrella que ilumina y mata.
Tomado de Direción de Patrimonio Cultural |